De esas pocas
veces en la que tengo el momento de salir a comer, fui a un restaurante común, de esos que hay por toda la Isla. Entré y me senté. Cerca de mí había una familia cuyo vocablo
era normal, era de esas familias que son todo risas. Un joven de algunos 19
años, su papá, su mamá y creo que la otra dama era su abuela. No vestían caro y
era de la gente que uno ve feliz porque no les importa lo que digan de ellos,
ellos son felices siendo ellos estén en donde estén. ¡Qué familia linda! Si le
describiera más a fondo la familia de aquel restaurante, no pudiera. Me
demostraron que el físico y lo que llevan puesto no importa cuando se está con
los que se ama.
¡Saben
algo! Puedo decir que su hijo no vivía con ellos, pues en varias ocasiones hoy
al señor decir: -Hoy es mi único día libre y lo saqué para verte-. Esto es sin
contarles que la dama le decía: -Hace falta tu ruido en la casa-. Eso me dejó
paralizado. En muy pocas ocasiones he oído a padres decir eso. Palabras fuertes
de seres que uno reconoce que el amor que sale de ahí es sincero, aunque en
estos tiempos se puede poner en duda -aunque esto no viene al caso-.
Mientras
comía los aperitivos, aquella familia tan llena de alegría y amor, me dejaron
algo claro. No eran de San Juan. Entre carcajadas, oí a aquel joven decir: -
¡Yo como soy de campo, no me importa! -. Me dio mucha risa, y no porque fueran
de campo, sino por el orgullo que lo decían. Fue como cuando gritamos la frase “Yo soy Boricua, ¡pa’ que tú lo sepas!”,
imagínense. Pude sacar dos conclusiones de primera instancia, o el chico
llevaba poco en San Juan o sus padres le enseñaron que para llegar al tope se
necesita pasar necesidades. No sé por qué esa familia de algún pueblo de la
montaña me dio mucha curiosidad. Sinceramente, me quedé muy pendiente a ellos,
creo que ellos lo notaron.
Llegó mi
comida. Un rico plato de lasaña, pan con ajo y ensalada, (le tenía ganas).
Ellos también habían recibido su comida. Platos comunes, nada costoso y mucho
menos nada raro. Me uní a su risa cuando los oía decir: -Esto es lo mismo que
cocinamos, pero con salsas raras. No me gusta mucho-, ahí yo me tuve que reír.
Claro es que lo que uno come en restaurante, el 90% de las cosas las podemos
hacer en nuestras casas. Tenían que ver su alegría. En una ocasión el chico
dijo: -A mami no le gusta nada porque como esto tiene salsa…-, su madre le
siguió rápidamente: -Nosotros como somos pobres, le echamos mayonesa a las
ensaladas-. Demás está decirle que inclusive yo me reí bastante duro.
Observaron que estaba pendiente a ellos y al parecer, como pensaban que nadie
los había oído, fue mayor su risa.
Quedaban
varios minutos -según mi agenda- antes de volver a mi ajetreo diario, pero aún
pensaba si pedir postre o irme para la universidad. ¡Difícil decisión!
Me quedé sentado,
mirando la sección de postre del restaurante. Fue solo para disimular, en
realidad quería seguir riéndome -como buen presentado-, con aquella familia. Pedí
el postre. Más que una cena, esto era una enseñanza para mí. Llegó mi bizcocho
de chocolate con helado de vainilla, una cosa fina por aquello de mantener la
dieta. Mientras aquella familia pedía un postre distinto. Intercambiaban
postres, se reía la abuela como creer que entendía todo. En cierto momento, el
hijo gritó a su mamá que de que le valía el ejercicio de la semana, corrido el
padre recordaba las pesas que acababa de comprar para la dama y volvemos a
reír. ¡Me voy!
Aquella
familia me trajo grandes enseñanzas, lo material no es nada cuando existe un
amor real y puro como el que puede ser el de la familia. Ese que ellos me
presentaron, ese que ellos me dieron la oportunidad de vivir. Digo que me
dieron la oportunidad de vivir porque yo estaba con ellos, sentado entre ellos.
Me agradecían por todo lo que he hecho por su hijo, sin saber lo que él ha
hecho por mí. Me dieron una gran cena, y más de una lagrima en mis ojos. Una
frase que me marcó mucho, y que el padre de aquella familia me dijo fue:
“Trabajo seis días a la semana y mi único día libre, vinimos a compartir con
él”. Me incluyeron a su cena porque así quisieron, pero si no hubiera ido,
nunca hubiera aprendido que cuando me toque formar mi familia tengo que velar
por la unidad. Con dos de sus hijos fuera de la Isla y con solo uno aquí, me
agradecieron en más de una ocasión por como lo he ayudado. Su madre se desbordo
al agradecerme y al describir a su hijo, -tuve que tragarme varias lágrimas-.
Hoy esta
familia que me hizo morirme de la risa. ¡Que bellos son! Gracias mil por sus
palabras y bendiciones. No termino mi nota sin decirles, que la unión familiar
es importante y hoy supe cuánto. ¡He reflexionado! Solo espero que este chico
nunca cambie su forma de ser; que él toque a San Juan, pero que San Juan nunca
lo toque. Denle tiempo a quien merece, luego puede ser tarde y el amor se puede
perder, si no hacemos que quede bien sembrado. El valor del ser humano es
grande y el de esta familia es más grande aún.
¡Que siga
creciendo el buen amor!